“Los Días de Agua"



Cruzó la calle y caminó por la vereda de la plaza, con el objetivo de llegar a la cortada del ferrocarril. Durante su andar caían de las “Tipas”, flores amarillas recortando la imagen de la candente noche primaveral. Ella sabía que la vigilaban; siempre nos controlaban.

-¡Tenés que hacerlo!..: ¡Cagón. Gritó el negro Pousa.
Mariano y Enrique enmudecieron.
–Debe haber otra salida, negro. ¡Me da asco hacer esto… (Contesté).

La espesura del baldío y los escombros nos cobijaron de nuestros perseguidores.

Miguel era un maestro inquietante y movilizador. En plena guerra con el invasor, el taller de pintura asemejaba una isla en medio del océano. Cubierta de papeles con diversas formas y multiplicidad de grises desnudos. Imágenes desproporcionadas y ondulantes alternando el caos de nuestras voces juveniles. Siempre repetía. – Chicos No existe el observador ni lo observado. No hay lugar en el tiempo ni en el espacio desde donde se mire. Esta idea debe ser nuestra herramienta poética”.

En ese lugar nos formamos en cuestiones del arte, discutíamos de política, religión, temas esotéricos, la vida, la muerte, etc. Bajo la entusiasta mirada de nuestro guía pasaron las tardes y las noches del ochenta y dos.

Avanzó hacia mí. Su frágil figura se balanceaba al ritmo de las hojas del Paraíso. Su belleza multiplicó el paisaje. Aunque mi corazón adolescente no daba cuenta ni crédito a esa mirada.

-No quiero hacer el servicio militar dos años.- (Dijo el negro pousa.- (Sosteniendo un hacha de carnicería en su mano izquierda).
- Franco todo lo que tienes que hacer es cortar mi dedo meñique y me salvas de dos años de esclavitud.
- Si cumples con mi pedido, te perdono la deuda del billar.- (Me lo dijo con tono romántico).

Un ruido nos alertó de nuestros perseguidores; pero sabíamos que aún no caerían sobre nosotros. Los cuatro amigos deliberaron en el baldío de la calle O'higgins.

Salimos del taller a la madrugada del domingo. Miguel vino con nosotros. Nos alertó sobre los acechadores. Caminamos por la Avenida San Martín hasta el restaurante “El Pulpo”. Juntamos tres mesas en medio de gritos, palabras y risas y en la calle quedó el frío invernal. Escuchamos el taconear de las botas, y las linternas nos enceguecieron.

La tomé de la cintura y la besé torpemente. Pero su boca me mostró el camino. Nos inclinamos para cruzar el alambrado que protegía la calle de las vías. Pisamos los pastizales de la orilla. Besé sus delgadas piernas. Mi boca sin esfuerzo, absorbió su candor hasta llegar a su sexo. En ese acto de magia desapareció el peligro. Semidesnudos nos fundimos en el Universo. Una supernova estalló en la hierba seca y junto a su figura plateada se formaron nuevos mundos.

Levanté el hacha con mi mano derecha. Mariano hizo un gesto de temor con sus hombros. Enrique giró su cabeza con ánimo de no ver. El negro Pousa apoyó su mano izquierda sobre la piedra liberando el dedo meñique. Sudaba de miedo.- Apúrate “boludo”. (Me gritó).

Se prendió una luz tenue del restaurante. Sentada a mi lado Laura temblaba. Separaron por la fuerza los hombres de las mujeres. Nos llevaron a los golpes hasta la calle. Ellos me subieron a los empujones a un auto horrible. Lo último que recuerdo fue la imagen de Miguel pidiendo explicaciones de tal atropello.

Tomados de la mano, caminamos juntos por la arbolada calle Nahuel Huapi. Nos despedimos en la puerta de su casa. Con saltos de colegiala atravesó el umbral como un “Hada” y esa fue la última vez que la vi.

Eran como las dos de la mañana cuando el negro Pousa ingresó al Hospital Pirovano acompañado de tres amigos. El médico de guardia la preguntó cómo se había amputado el dedo. ( Increíblemente le respondió, riéndose).-Me lo corté para salvarme de la “colimba”-. Luego de hacerle las curaciones y vendar su mano, el médico llamó a los seguidores que siempre nos vigilaban y lo llevaron detenido. Después supimos que igual ingresó en la Marina.

Esa noche del restaurante “El pulpo”, nos atormentaron hasta el hartazgo y después nos dejaron ir. Nos reencontramos al sábado próximo en el taller de pintura y por algunas horas nos sentimos libres otra vez. Nadie faltó.

Después del episodio del restaurante “El Pulpo”, Franco se “exilió” a orillas del Río de la Plata. En una playa perdida de la zona norte de la ciudad. Con algunas ramas y troncos, construyó una choza que comparte con otro vagabundo llamado “Ramón”. Durante el invierno se alimenta de los peces que desechan los pescadores, y en el verano vende hermosos cielos rivereños que realiza con el material que encuentra en la orilla del río.

Una mañana lo encontré. Afectuosamente recordamos nuestros años juveniles. Su romance con la “chica de la calle Nahuel Huapi”, el taller de pintura, el maestro Miguel, las dictaduras, los divorcios, etc. Luego de un rato se despidió, volteó su imagen hacia la rivera sur y caminó lentamente cabizbajo apoyándose en una caña recortada que hacía las veces de bastón. Lo miré hasta que su figura se fundió con la bruma del atardecer.

Yo debí regresar a mi casa para seguir construyendo mi realidad. Abrir y cerrar la puerta todos los días, rutina a rutina. Ahora soy un punto más del tejido social.

Una mañana del setenta y siete los acechadores con sus cabezas encapuchadas se llevaron a la “hermosa muchacha de la calle Nahuel Huapi”. Nadie del barrio vio ni oyó nada. Algunos sobrevivientes relataron que su torturador era de tez morena y tenía amputado el dedo meñique de su mano izquierda.

Francisco Chiocchio
De "Los Días de Agua "

Cuento